
¡Papá! y no emocionado, sino asombrado. Veintidós años recién cumplidos y esa era mi respuesta a aquella lejana pregunta, en silencio y frente a esa pequeña cuna en ese 31 de diciembre de 1999.
Cuando niño, jugaba en el barrio a que seríamos en el año 2000. Jairo, mi mejor amigo en esos años (en la edad que uno si tiene mejor amigo), me hizo esa pregunta. Yo contesté ¡Futbolista!
A las 11:59 pm de 1999 mi respuesta era otra y más parecía una sentencia. Ni siquiera era una respuesta individual, era una respuesta grupal. Un deja vú familiar. Le pasó a mis tatas, me estaba pasando a mí. “Hágale”. Sí, el abrazo de los amigos en ese momento reconforta pero el miedo hablaba conmigo en las madrugadas. Un conflicto interno: el amor instintivo versus la realidad aterradora.
En enero del 2000, para estrenar la década tenía un hijo de tres meses. Trabajaba “sacando” copias a color en San Pedro, el chante se llamaba Microkit, me faltaba más de media carrera de periodismo (¡¡¡perio que!!!) en la Latina y no tenía el nivel de inglés suficiente para agarrar algún sportbook tan de moda y aspiracional entonces. Yo lo que quería era escribir y para eso no necesitaba casarme ni tener hijos, que de letras viven muy pocos (decía yo) y no quería cargar esa responsabilidad a otros. El panorama cambió, alguien dependía de mí. Ese mismo año estudié como bestia, trabajé como bestia.
“Me junté”, como mandaba la voz colectiva (a la mierda la voz colectiva), amé, callé, fumé, fumé y escapé, como toda relación fruto del mero éxtasis y el accidente. Escapé porque podía ser papá pero no padre de familia, simplemente por eso y eso tan simple cuesta mucho explicar. Sonaba “Buena Estrella” de Fito y la odiaba.
Me separé por decisión, quise volver por arrepentimiento y me patearon el culo con toda razón. Terminé mi carrera y seguí otra y otra. No dejé las aulas, no dejé el alcohol. Dejé el tabaco.
Allá por el 2005 cumplía como tata, cumplía en el brete, cumplía como hijo, seguía cumpliéndole a todos, menos a mí. Era como la historia del payaso y el momento silencioso y solitario en que toca quitarse el maquillaje. Finalmente todo eso se desvaneció. Desaparecieron mis fantasmas y los “por qué a mí”. Todo estaba más claro.
Este boom de listas de la década, canciones, películas, bares, fiestas, amigos, todo lo que traen 10 años, hicieron de cómplices cada una de las cosas que me tocó vivir. Veo para atrás y que putos buenos 10 años. Costaron, sudaron... pasaron.
Cortemos camino, hoy mi hijo tiene 10 años es cagadito a mí y se siente orgulloso de serlo y yo orgulloso de que lo sea. Ese mae representa mi década, una buena década. Hago lo que me gusta con la gente que me gusta. Ya el futuro no me asusta, me emociona. En 10 años nos veremos de nuevo. Suena “Buena Estrella” de Fito, ahora se escucha tan diferente.